Llegó Diciembre. Sólo 28 días para despedirnos de este 2012. Atrás dejamos 338 días que nos han acompañado y que han sido testigos de cada momento.
Diciembre. Ese último mes, que parece ser el más esperado. Acabamos un año viejo, usado, lleno de penas, de alegrías, de momentos buenos y de momentos malos. De despedidas, de recuentros. De logros y fracasos. De aventuras y de rutinas. De aprendizajes y de errores. De sonrisas y lágrimas. De ficción y realidad. De experiencias y de descubrimientos. De sueños y de verdades...
Un año que se va, como otro más, de momentos que queremos olvidar para siempre y de recuerdos que queremos memorizar como si el tiempo si hubiese parado. Sí, otro año más, pero diferente. Un gran puñado de días que se marchan formando parte ya, de un pasado. De algo que ya hemos vivido, de lugares, experiencias, personas, cosas y momentos que formaran parte de nuestra memoria y a los que no podremos regresar, porque los días que se van, nunca vuelven. Vendrán sin parar sucesivamente uno tras otro, pero nunca habrá dos días iguales.
Comienza el nuevo año, a recién estrenar, con ilusión, haciéndonos nuevos propósitos y marcándonos nuevos retos para los próximos 365 días. A menudo repetimos los mismos viejos y fracasados propósitos de años y años anteriores, dejar de fumar, ponernos a dieta, ir al gimnasio, ahorrar... Pero al fin y al cabo propósitos que aunque sean viejos conocidos, nos vuelven a hacer ilusión, nos vuelven a hacer coger fuerzas y empezar con ganas. A intentarlo de nuevo.
Un año que esperamos con ilusión, especulando como será, qué tal se portará, que nos traerá y sin con él vendrán esos cambios y planes que tanto añoramos. Es como empezar algo nuevo, que está sin usar, y que por ello tiene más valor porque es aún especial.
Diciembre, sinónimo de luces, de reencuentros, de regalos, de familia, de música, de frío, de nieve, de melancolía, de nostalgia, de brindis, de cenas, de bombones y mantecados. De Navidad. De esos días que unos detestan y que otros esperan con todas sus ganas.
Yo pertenezco al último grupo, me encanta la Navidad. Me parece una época sencillamente entrañable por una sola razón,
porque me hace año tras año volver a mi infancia, a recordar cuando era niña, a recordar esas cenas en casa de la abuela con todos los primos esperando sus regalos, mientras comíamos esas bolsas de chuches tan dulces que aunque eran todas iguales, siempre buscabas un aliado al que cambiarle el sabor del "sugus" que no te gustaba por tu preferido, para conseguir el color que quisieras del envoltorio de las mariquitas de chocolate y también para cambiar el paragüitas de chocolate por el que no estuviera partido. Y si había piñata, te preparabas bien los bolsillos para llenarlos antes que ningún otro. La espera de los regalos se amenizaba jugando con botes de serpentinas que echabas con cara de malo porque así pensabas que saldría con más fuerza y conseguirías envolver al enemigo como si de una momia se tratase. Te peleabas más tarde por coger la zambomba o la botella de Anís y como no, siempre eras tú quién quería abrir primero los regalos, que esperaran los demás, pero tú, no. Y cuando ya estaban todos abiertos, ibas de uno en uno diciendo "a ver", "qué te han traído" y tenías que probar y jugar con todos y cada uno de los juguetes, aunque no te gustaran, pero era inevitable. Ese día en el que tu padre te llevaba horas antes a ver la cabalgata y aguardabas impaciente para saber cómo llegaban ese año sus Majestades los Reyes Magos de Oriente, si vendrían en barco, en avión, en camello... y estabas atenta a ver lo que decía el Señor del telediario... Dejar las zapatillas bajo el árbol y la ventana abierta para que pudieran llegar los Reyes sin perderse y como no, dejarle unos mantecados y unos licores para que hicieran un pequeño descanso, sin olvidarnos del agua para los camellos que dejábamos en el balcón si se tenía. Momentos únicos e irrepetibles cuando al llegar de la cabalgata o al levantarte al día siguiente veías montañas de regalos bajo un árbol mágico y con luces que escondían paquetes y paquetes llenos de ilusión y cariño, que abrías dando tirones y mientras los ponías sobre tus rodillas y no parabas de decir "será eso que yo pedí...".
Recuerdos
ÚNICOS que aunque se intenten cada año, no serán iguales que los de hace tantos y tantos años. Porque las primeras Navidades, son las mejores, porque las primeras, ya no vuelven y por eso a mí me gustan tanto, porque "las cosas buenas sólo pasan una vez en la vida". Y porque esos años de dulzura, ternura e ingenuidad, son los mejores. Por eso quiero revivir la Navidad una y otra vez, para sentirme cerca de aquellos años y a volver a ser, más que nunca, una niña por estas fechas. Para cambiar la tristeza por aquellas sonrisas y las rutinas por la mayor de las ilusiones.